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Terra
La Coctelera

¿Otra vez los malos?

(04.07.2006)

Dice Ray Loriga en uno de sus libros algo así como: "Si tienes ojos en la cara, no te quedan más cojones que mirarla".

Y eso mismo pasa con ella. Más que ojos yo diría corazón. Si tienes corazón, no te quedan más narices que regalárselo porque, sabrás que ella siempre lo cuidará, lo mimará y le sacará el mejor partido. Aunque parezca que está ausente, ella siempre habla en silencio. Aunque nunca coja el teléfono, siempre está al otro lado, esperándote. Y aunque diga que "siempre está bien" puede que, en ocasiones, no esté tan bien como parece. Pero nunca una palabra de su boca subirá el tono a otra anterior. Siempre le delatarán sus sinceros ojos y sus manos pequeñas.

Pocas veces en mi vida he conocido tanta bondad.

Sin embargo, vuelven a ganar los malos. Vuelven a sembrar trocitos de rabia en su mudo corazón. Vuelven a pisar cabezas y a llover donde ya estaba mojado. Vuelven a dejar la huella que con tanto esmero se ha dedicado a borrar durante todo este tiempo (y durante mucho tiempo atrás). Vuelven para recordarle (y para recordarnos a todos) que la gente mala sale a la superficie para respirar.

Y yo quiero decirles algo. Quiero advertirles que ya no duele. Que a base de pensar, de subir, de no mirar hacia atrás, de curar heridas, de seguir subiendo, de cien millones de palabras invertidas en mirar hacia delante, de sacar valor y fuerza de debajo de las piedras, de sonreír (eso sí, nunca ha dejado de sonreír) y de saber darle valor a las cosas, ella ya ha conseguido estar en este otro lado.

Ahora ya no podéis dejar huella, ni sembrar trocitos de rabia, ni pisar cabezas, ni llover sobre mojado. Ahora su corazón, como siempre, puede con eso y con todo lo demás que os propongáis.

Pero eso sí, no os olvidéis, de vez en cuando, de meteros la lengua en el culo.

(Por tí y para tí Elena. Porque nosotras estamos de acuerdo en que un día un ángel se cruzó en nuestras vidas. Y no queremos que te marches nunca).

Des-conocido

(22.06.2006)

Yo también le he visto a él. A pesar de que intentaba disimular tarareando las canciones que Eddie cantaba en mi oído, yo también le he visto. Estaba sentado detrás del conductor del autobús y llevaba unas gafas de sol que no tapaban completamente sus ojos. Sabía que me estaba mirando. Sabía que me había reconocido y que hacía pequeños gestos con su mano y con su boca para intentar acercarse a saludarme. Despúes de tanto tiempo...

Pero he seguido disimulando.

Me he colocado en el sitio exacto para bajar en la siguiente parada. He bajado y, caminando a ritmo de "Army Reserve", me he colado en los túneles del metro. No acostumbro a mirar hacia atrás y hoy tampoco lo he hecho.

Meto el ticket. Saco el ticket.

Desde donde estaba no podía ver si el metro se acercaba así que, aligero el paso para llegar antes al andén. He tenido suerte y cuando el último peldaño de las escaleras mecánicas se escondía tras mis pies, el metro aterrizaba en mi parada. Aligero el paso un poco más. Me cuelo en el el tercer vagón mientras comienza "Come back" (despacito, pero con buena letra... y nunca mejor dicho). Me agarro a una de las barras porque nunca se sabe qué puede pasar con los frenazos.

Entonces le vuelvo a ver. Mi rabillo del ojo vuelve a captar su mirada y su continua intención de acercarse a saludarme. Se llama Juan Manuel. Compartíamos mesa en 5º de E.G.B. Juan Manuel López. Serán los únicos apellidos completos que recordaremos durante toda la vida: los de nuestros compañeros de clase.

Sigo disimulando durante el trayecto entre Avenida de la Paz y Alfonso XIII. Y entre Alfonso XIII y Prosperidad. Incluso entre Prosperidad y Avenida de América. Y entonces se abren las puertas y me bajo. Me escabullo entre las decenas de personas que comparten paseos matutinos por los pasillos del metro cada mañana. Hago mi trasbordo cantando "Inside Job" (esta guitarra puede conmigo).

Cuando llego al siguiente andén, aunque nunca acostumbro a hacerlo, me doy media vuelta y miro hacia atrás.

No hay nadie.

Y solamente entonces me pregunto qué tal le irá la vida a Juanma.

Princess

(14.07.2001)

Te pareces tanto a mí cuando era pequeña...

Cuando el mundo me quedaba siempre dos tallas más grande. Cuando los únicos barrotes que conocía eran rojos y oxidados. O amarillos y oxidados. Cuando las bombas eran solamente fétidas.

Cuando la amistad de un día o de unas horas era más verdadera que la que ahora intentan vendernos como eterna. Cuando la inocencia era así, inocente. Cuando no se jugaba con ella ni se malgastaba. Cuando creía en monstruos, en fantasmas, en príncipes y princesas, en los reyes magos y en los padres.

Te pareces tanto a mí cuando te acurrucas por las noches en la cama...

Rain

(15.06.2006)

Huele a hierba mojada. A las hojas de hierba de mi querido Whitman. Dice la gente que esta lluvia te pone triste y sin embargo, yo no puedo dejar de sonreír. Asomo mi cuerpo por la ventana y alargo una mano para empaparme la muñeca e incluso el codo. Conservo intactas las pequeñas gotas que se quedan en mis brazos. Ya he sacado los dos.

Me quedo así un rato.

Mezclándose en mí el intenso olor a lluvia y a hierba mojada.

Y no sé por qué razón me viene a la memoria el sabor del café de las tardes de verano.

Y no sé por qué razón nunca llueve a gusto de todos.

Es fácil

(06.06.2006)

Una vez que respiras hondo, es fácil.

La estrategia es la siguiente:

Llamas a la puerta y cuando pasen un par de segundos, antes incluso de obtener respuesta, entras hasta el fondo sin preguntar. Le miras fijamente a los ojos y le dices que tienes que hablar con él. Le dices que es algo importante. Le dices que no estás contenta y que has estado pensando. Que no estás contenta porque las cosas podrían ir mejor si se enfocaran desde otro punto de vista. Le dices que lo primero que hizo mal fue no cumplir todas las cosas que te prometió en un principio y lo segundo, faltarte al respeto una vez tras otra. Le dices, sin dejarle hablar a él, que tendrá mucho dinero pero no que no tiene ni la más mínima idea de cómo tratar bien a una persona. Le dices que podría emplear ese dinero en aprender un poco de educación y que necesita una cura de humildad.

(Es importante que mientras dure el monólogo, se acompañe también con gestos, miradas y muestras de desaprobación).

Le dices que te da pena. Que él te da pena. Le recuerdas que te mire a los ojos para que no se le olvide nunca lo que le estás diciendo. Le dices que has tomado una decisión. Que te marchas. Que él puede saber mucho de lo suyo pero que jamás ha sentido con el corazón. Le dices que te vas ahora mismo.

Te levantas, abres la puerta y la cierras tras de ti, despacito (para no dar ningún portazo). Terminas de recoger tus cosas y te vas.

Y cuando sales a la calle y el sol te da directamente en la cara, te dices: "Ya está. Dejar de trabajar para este impresentable no ha sido tan difícil".

 

Flying over our shoulders

(02.06.2006)

Hoy te he tocado el corazón a través de la espalda.

Retumbaba en mis manos un constante latido que una y otra vez, repetía mi nombre. Y aunque tú no me vieras, aunque no pudieras adivinarme con los ojos, mi otra mano, la derecha, intentaba arrancarte un trozo de corazón vivo que aún te quedaba para poder intercambiárnoslo cuando los dos pudiéramos dejar de llorar.

Parece mentira que el verbo doler duela tanto. No duele solamente en mis oídos. Duele en cada vena del cuerpo, en cada rincón de mis ojos, en cada dedo, en cada poro, en cada pestaña. Duele tanto que ya solo respirar, duele.

Y no era este el dolor del que yo hablaba. Me refería a ese otro más dulce. Ese que se siente cuando los dos nos dedicamos a ser uno solamente. Ese dolor impagable que se aprecia aquí, en el tímpano, cada vez que te escucho decir que me amas. Ese que duele hasta en el alma cuando nuestras bocas se despiden y nuestros pies retroceden dos pasos totalmente en contra de su voluntad. Cuando nos separamos. Hablaba de ese dolor matutino de saberte a mi lado en nuestra cama, de besarte al despertar, de tenerte.

(Pero, en ocasiones, no todo el mundo sabe apreciar lo que tiene entre las manos)

 

 

Tus tacones

(23.06.2006)

Siempre pensé que los tacones de tus zapatos deberían dejar una huella en el suelo tan grande como la que has dejado tú en mi corazón. Que tus pies rompan nuestro silencio es una música absolutamente bella. Cada paso que das con la punta de tus dedos, está dedicado a mí. Me llamas por mi nombre con ese juego incesante de tobillos escondidos bajo mis piernas (para darte calor). Y te acercas sigilosa sin apenas darte cuenta de que tu música me vuelve cada vez más loco. Se me eriza la piel.

La puerta de nuestro salón, completamente abierta, te invita a que observes el tiempo conmigo. Y yo, nervioso, no deseo más que verte aparecer tras esa dulce melodía bajo tus pasos.

(Para Beli. Por todos los maravillosos agujeros que tiene en el parquet de su casa).