Flying over our shoulders
(02.06.2006)
Hoy te he tocado el corazón a través de la espalda.
Retumbaba en mis manos un constante latido que una y otra vez, repetía mi nombre. Y aunque tú no me vieras, aunque no pudieras adivinarme con los ojos, mi otra mano, la derecha, intentaba arrancarte un trozo de corazón vivo que aún te quedaba para poder intercambiárnoslo cuando los dos pudiéramos dejar de llorar.
Parece mentira que el verbo doler duela tanto. No duele solamente en mis oídos. Duele en cada vena del cuerpo, en cada rincón de mis ojos, en cada dedo, en cada poro, en cada pestaña. Duele tanto que ya solo respirar, duele.
Y no era este el dolor del que yo hablaba. Me refería a ese otro más dulce. Ese que se siente cuando los dos nos dedicamos a ser uno solamente. Ese dolor impagable que se aprecia aquí, en el tímpano, cada vez que te escucho decir que me amas. Ese que duele hasta en el alma cuando nuestras bocas se despiden y nuestros pies retroceden dos pasos totalmente en contra de su voluntad. Cuando nos separamos. Hablaba de ese dolor matutino de saberte a mi lado en nuestra cama, de besarte al despertar, de tenerte.
(Pero, en ocasiones, no todo el mundo sabe apreciar lo que tiene entre las manos)
